Le drame avec les gens qui t'aiment, c'est qu'ils peuvent arrêter de t'aimer, comme ça...
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sábado, 9 de abril de 2022
jueves, 24 de marzo de 2022
A veces
Quiero perderme por falta de caminos. Siento el ansia de perderme definitivamente, no ya en el mundo ni en la moral, sino en la vida y por obra de la vida. Odio las calles y los senderos que no permiten perderse. La ciudad y el campo son así. No es posible en ellos la pérdida, que no la perdición, de un espíritu. En el campo y en la ciudad se está demasiado asistido de rutas, flechas y señales para poder perderse. Uno está allí indefectiblemente situado. Al revés de lo que le ocurrió a Wilde, la mañana que iba a morir en París, a mí me ocurre en la ciudad amanecer siempre rodeado de todo, del peine, de la pastilla de jabón, de todo. Amanezco en el mundo y con el mundo, en mí mismo y conmigo mismo. Llamo e inevitablemente me contestan y se oye mi llamada. Salgo a la calle y hay calle. Me echo a pensar y hay pensamiento. Esto es desesperante.
César Vallejo
Carnets
jueves, 10 de marzo de 2022
Masquée
La primera vez que la vio entrar, le llamó la atención la confianza que demostraba dentro de ese sitio que parecía conocer, más que conocer, parecía pertenecerle; se percató de que, a pesar de saber de todos, a ella no la conocía y eso habiendo participado a todas las milongas; la siguió de la mirada un momento largo. Sabe bailar pensó y si no vestía como las mujeres que le gustaban a él, eso de ponerse pantalones para una milonga, bah..., le pareció bonita. Su mascarilla negra resaltándole los ojos que tenía risueños y vivos; luego, le llamó la atención su forma de moverse, su energía, fuerte, que el en mundo de los tangueros sería la de D’Arienzo: con compás, con nervio, más aún, que pisa fuerte, poco sutil, algo bruta, que le concede poca atención a la calidad de la música sino más al baile, o más exactamente, sólo al baile. Por supuesto que no le gustaba el acompasado 2 por 4, cuando existían músicos buenos, Canaro, Biagi, Di Sarli, y evidentemente Pugliese, un músico superior. Una bailarina enervada sería, ya la observaría…
Cuando lo vio conversando con dos o tres
personas, se dio cuenta que la miraba, nunca lo había visto. Deseó en su fuero
interior que fuera un buen bailarín. Había tan pocos. Para ella todos los
hombres que se presentaban en la milonga eran potencialmente brazos y piernas,
y con un poco de suerte, buen ritmo. Parecía a sus anchas en un lugar donde
ella se sentía cómoda, ¿cómo podía ser? Era nuevo, eso lo sabía. ¿De dónde
salía? Ella estaba en su casa, donde había aprendido a bailar, donde había
seguido, conocido, bailado con todos los bailarines de la ciudad. Sería un
forastero. Le divirtió que estuviera demasiado vestido. ¿Quién, pensó, se viste
así hoy en día? Anticuado en sus maneras, formal, bailando algo tradicional. Se
salva si baila bien. Además, tenía ojos dulces. Insistentes y dulces. Se sentía
observada. Eso le gustó.
Luego
bailaron. Entre sus brazos, ella se percató de inmediato que el joven no sabía
bailar milonga, su baile a ella, sino que le gustaba bailar lento y suave en
total oposición a su estilo. A pesar de esa gran diferencia, ella le tuvo
paciencia porque sintió que oía la música, la tenía en cuenta. Además, su voz
era dulce y le divirtió su actitud modesta ya que no paró de pedirle perdón por
lo mal bailado de ese ritmo marcado. La primera tanda fue un desastre. Habría
una segunda. Una tercera.
Pasadas las
semanas, se buscaban de la mirada. Se esperaban. Él se ponía nervioso cuando
llegaba tarde. Había tensión, le gustaba la forma de su cuerpo, le gustaba su olor,
había juego entre ellos, ella bailaba con otros para que la mire, para que vea
que sabía bailar, para que la deseara aún más. Se acostumbraron poco a poco al
estilo de cada uno. Ella se relajó entre sus brazos. Bailaban seguido e Intercambiaron
palabras, nombres, alguna que otra información. Se veían todos los domingos y así
durante un par de meses hasta que él se atrevió a invitarla a un café después
de la milonga. Ella lo miró un largo rato y se echó a reír: ya era hora le
dijo. Quedaron para la semana siguiente.
El llegó tal un compradito, vestido de arriba abajo, gominado casi, un galán. Ella se había maquillado, vestido algo más femenino que de costumbre. Se esperaron, nerviosos, después de los bailes, después de la música. ¿Qué se dirían?, ¿quiénes eran?, en realidad, no se conocían, bailaban juntos, tenían una experiencia fuera de la realidad, ese momento de contacto donde vuela la imaginación, los deseos, la irrealidad de la milonga. Ahí estaban en el café, uno frente al otro, uno con el otro: se bajó la mascarilla para tomar el café. Él la miró y se sorprendió, no la reconoció: era otra, era una mujer diferente. el deseo de los últimos meses, el sueño compartido se esfumó en un instante, se levantó y salió del café, corriendo…
Noelia Hurtado and Carlitos Espinoza – La mentirosa #NoeliayCarlitos
lunes, 17 de enero de 2022
domingo, 9 de enero de 2022
Le violoniste perdu dans la neige
Cierro los ojos y veo su silueta frágil, su pelo canoso algo loco, sus ojos a medio cerrar, tocando su violín en el centro de una gran extensión llana, blanca, solitaria. Oigo el sonido cálido de su instrumento vibrar, llorar, temblar y perderse. Por supuesto que la imagen no tiene sentido, sino que me gusta su cuento y mientras me lo cuenta bajito me permito dejar correr la imaginación que su voz provoca. Invierno canadiense, blanco y frío: mi amigo me dice un día fue a una audición en un lugar perdido del centro del Quebec, donde aterrizó buscando trabajo, un pueblito que por única virtud reunía a una orquesta que necesitaba alistar a un músico más. Y como es violonista, y como no es de aquí, y como estaba solo, tan solo, fue. Lo esperaban en un gran
local (cafetería de día, bar de noche, ocasionalmente sala de ensayo) casi vacío y frío donde el jefe de orquesta y dos o tres músicos --algo así como
titulares--, con ojos redondos y curiosos lo recibieron. Lo invitaron a ejecutar un tema a elección, alguna cosita que
le parezca apropiada; nunca habían visto a un extranjero, dijo riendo. Fui el primero. Es más, fui el único durante
los cuatro años que toqué allí. Me río yo también, es verdad que no es de aquí, su piel color de miel, su postura, su forma de llevar cabeza hacia la derecha en un cabeceo bailarín y simpático muestran la distancia que lo separaba de los que vinieron a oírlo. Casi diría que desentonaba. Y así fue que ese hombre foráneo, sin abrir la boca, sin tener que explicar nada, se incorporó a ese grupito, practicó, comunicó con la ayuda del pasaporte más universal: la música. La música lo hizo aparecer, existir como persona en el medio de la nieve.
Me asegura que esa parte de su vida de inmigrante recién llegado fue grata. Ahora, por suerte para mí, se interesó al tango que oye como ninguno y baila a lo milonguero, la música arrasa fronteras, funde la nieve y une los pueblos, las manos y los cuerpos en un abrazo tanguero. Qué bien, che.
