Un poco más
allá de mi escritorio a través de la ventana, hay un gran arce plateado. Su corteza
se desprende y las ramas altas, sin savia, se deshojan un poco. Sus ramas quebradizas
me indican que ya tiene sus añitos. Aunque todavía siga fuerte, me gusta
imaginar que tiene la edad de mi casa, cerca, cerquísima, de cien años. Desde
que vivo aquí, tiene sus épocas buenas y otras malas. Este otoño tiene buen
aspecto, para su edad, por supuesto.
El envejecimiento
del árbol, de arriba para abajo, se parece al mío. Me río, sí, de arriba a
abajo. Ya hace tiempo que mis ojos no sirven para nada. No quiero ni pensar en
mis oídos o en mis articulaciones; tengo una rodilla rota que me impide ser la
saltimbanqui que creo ser. Y lo demás, y lo demás, ay. Me aterra pensar que la
memoria se va por las ramas. La falta de enfoque, la lentitud, la concentración
diluida. Todo me indica que estoy en la pendiente, cuesta abajo.
Sin
embargo, este otoño, me siento tranquila, menos ansiosa que en mi estado natural.
Lo que viene, viene, lo que se va, se va; ando algo más filosófica, menos
intensa, sobre todo. Bastante alegre a pesar de la vida.
Al igual
que mi árbol, me veo convirtiéndome en refugio para mis seres queridos, hijos y
amigos, mis raíces transportando lo poco de bueno que puedo rescatar y
compartir. En cuanto me siento a corregir sobre este escritorio y levanto los
ojos, siento una afinidad cómplice con mi tronco verde y gris. Un viejo amigo.

