martes, 18 de julio de 2006
Gracias amiga por tu Oviedo.
Salí de París a tontas y a locas, a todo correr, a duras penas, casi a gatas. Salí sin pensar, necesitando este viaje, arrebatándome de mi vida. Tres hojitas, madre, tiene el arbolé, ninguna en la rama, tres en el pie. Llegué a tu Oviedo, amiga, y me esperaba agua, aire, y verde. Fíjate, respiré. Dábame el aire, maneábame, jaleábame. Me dejé perder por las calles del centro, a tientas y a pie, con la amabilidad de tu gente pude encontrar la pensión. "Mira, oye, al final de la calle, cuando te estrelles contra la pared, tropieza hacia la izquierda, no te pierdas, sigue recto, y detrás de la estatua, está la calle que buscas." ¿Cómo perderse? Sin embargo no pudo resistir, y me acompañó. Abieron la puerta y recién se despidió. Más tarde, entré en una sidrería y me pedí unas croquetas de jamón serrano que me supieron a gloria, a esa hora de la noche y una cañita para celebrar mis días españoles. Entré a descansar en la pensión: era perfecta, una cama, una ventana grande. Me eché y dormí mi primera noche sabiendo que sería un lindo viaje. Ábreme la puerta que te vengo a ver, que te vengo a ver, que te vengo a ver...
sábado, 8 de julio de 2006
¡Nos vemos!
Un viaje es una nueva vida, con un nacimiento, un crecimiento y una muerte, que nos es ofrecida en el interior de la otra. Aprovechémoslo.
Paul Morand.
Paul Morand.
miércoles, 5 de julio de 2006
Insólita silla fuera de lugar

El otro día saliendo del trabajo me compré una silla. Una silla sencilla, cómoda y barata. Entré en la tienda y sin pensarlo la compré, ¿cómo les explico? Hacía tiempo que la necesitaba. Me precipité a pagarla, impaciente que estaba de llevármela a mi casa. Por supuesto que no había pensado en nada más que en mi hallazgo. Salí feliz con la silla en brazos. Qué fácil había sido, cuánto había tardado en comprarla. Qué linda quedaría en mi departamento. Llegué a la estación de tren. Estaba incómoda con mi bulto. La posé a mi lado y me apoyé sobre el respaldo, la miraba, y luego no, hacía como si no exitiera, y el tren que no llegaba, de tanto esperar me cansé, y sin pensarlo me senté. ¿Para que sirve una silla si no? Imagínense, una muchacha esperando el tren sentada sobre una silla en el andén de esa estación desolada y gris de un suburbio industrial del oeste parisino: hice sensación, todo los viajeros sorprendidos me devolvieron miradas alegres, los comentarios dispararon; incrédulos y divertidos, mis compañeros de ruta me saludaron a las carcajadas. Era una foto dada en vivo.
Escribiendo
El escritor se sentó en su escritorio, como todas la mañanas desde hacía 21 años, y con un gesto aplicado pasó una mano por la mesa sacando el polvo que no había, de pura maña nomás; de la misma manera, agarró su lapicera, alisó la página blanca, acomodó su silla y empezó a escribir. De vez en cuando levantaba los ojos y a través de la ventana acariciaba con la mirada el roble que reinaba en medio de su jardín. Ese día como todos los días abrió su libreta donde tenía anotados todas las palabras, los giros, las expresiones que le habían gustado y que usaría en sus escritos. Como todos los días, el escritor terminó su jornada exasperado con el zumbido de una vocecita en su oreja que decía: ladrón, mentiroso, falsificador... se levantó y tiró su hoja en la papelera, con una presición matemática. Suspiró, y pensó, mañana me saldrá magnífico. Sí mañana mejor.
sábado, 1 de julio de 2006
Sobre el campo el agua mustiaCae fina, grácil, leve
Con el agua cae angustia
Llueve...
Y pues solo en amplia pieza
Yazgo en cama, yazgo enfermo
Para espantar la tristeza
Duermo
Pero el agua ha lloriqueado
Junto a mí, cansada, leve;
Despierto sobresaltado
Llueve...
Entonces muero de angustia
Ante el panorama inmenso
Mientras cae el agua mustia,
Pienso.
(Carlos Pezoa Veliz)
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
